Está claro que la Justicia, así, con mayúsculas, hace referencia a la institución judicial, que “administra justicia”, como se suele decir. Pero, ¿qué es esa justicia que administra? ¿Hasta dónde se asemeja a la legalidad? Esa justicia con minúsculas es la que tanto se pide, pero…

 

Marcha

Muchas son las veces que vemos y oímos a víctimas de algún hecho delictivo, o a sus familiares o amigos, diciendo que “lo único que reclaman es justicia”. Se entiende que lo que se espera es que haya un proceso judicial y que a los (que sean declarados) culpables del delito se los condene de alguna manera que se considere apropiada. Pero, ¿qué es lo que se recibe a cambio? ¿Qué es lo que impulsa a pedir eso? Me pregunto, entonces, ¿qué se pide al “pedir justicia”?

Una respuesta rápida a esa pregunta sería “reparación”. Pero la reparación del daño contra el individuo no siempre puede ser efectuada, incluso me animaría a decir que en la mayoría de los casos no es posible. Hay daños irreversibles: se puede devolver dinero, por ejemplo, pero no una vida. La reparación del daño contra la sociedad en su conjunto (la quebrantación de las reglas sociales) tampoco es posible, solo el castigo por haberlo hecho y, si se lo considera un riesgo para los demás, la separación temporal de dicha sociedad. En nuestra sociedad, donde no existe la pena de muerte, el castigo puede consistir en la entrega de dinero (incluso para algunos daños no económicos, o en algunos casos para comprar la libertad bajo fianza) y/o en la reclusión. Analicemos esto último.

 

Castigar, separar y reformar

La reclusión propone cumplir básicamente tres funciones: castigar al individuo, aislarlo del resto de la sociedad y rehabilitarlo para su reinserción. El castigo y la separación de la sociedad de quien comete un delito es algo que existe desde siempre. Los castigos han sido más o menos arbitrarios y severos en función del concepto de humanidad, piedad o derecho imperante en cada época y sociedad, pero siempre apuntaron a ejemplificar y “compensar” el daño recibido con otro daño infligido o lo que es lo mismo, a la venganza. La separación, por otra parte, buscó alejar de la sociedad a aquel que pudiera suponer un riesgo para los demás. Contraria a un destierro o un exilio, la prisión dio la posibilidad de unir ambas cosas, al castigar al individuo con la privación de su libertad a la vez que lo mantiene aislado.

Pero no todo es castigar y separar. Hay otra noción que entró en juego y que se articula con ellas: reformar, la idea de que el individuo recapacite y se reintegre a la sociedad dispuesto a convivir en armonía (en realidad, a cumplir las leyes, que no es necesariamente lo mismo). Y entonces la cárcel supone proveer las herramientas para eso. Todos sabemos que esto no es así, entonces ¿por qué se sigue sosteniendo?

En general no se cuestiona demasiado el funcionamiento del sistema judicial moderno ni del carcelario, a lo sumo se piden modificaciones en el sistema penal buscando ajustar la severidad de las condenas. Ahora, bien, creo que todos tenemos bastante claro que la propiedad reformatoria de la prisión no existe, visto el funcionamiento de los centros carcelarios (por supuesto, con el control de las “fuerzas de seguridad” correspondientes). Pero esa realidad también es un aliciente para creer que el castigo de reclusión es verdaderamente una dura condena, y es probable que para gran parte de la sociedad ese agravante se considere merecido (“algo habrán hecho”). Además aunque muchas cárceles están físicamente mezcladas con el resto de los ciudadanos sus muros son efectivos: en general no preocupa demasiado lo que suceda ahí dentro.

Así las cosas, la cárcel solo sirve para alejar al individuo (declarado culpable) un tiempo determinado (según una suerte de tasación judicial de su delito) e insertarlo en un tejido criminal fuerte e institucionalizado donde sufrirá o reafirmará su tendencia delictiva. Existen casos (incomprobables en su esencia, claro) que acusan haberse rehabilitado, pero en general responden a cuestiones médicas (ex adictos, por ejemplo), religiosas o profundamente personales, pero de ninguna manera relacionadas con la dinámica carcelaria.

 

Lo legal y lo justo

Alguien dobla una esquina con semáforo rojo a alta velocidad. No hay nadie. El hecho pasa desapercibido.

Alguien dobla una esquina con semáforo rojo a alta velocidad. Hay un policía (que no le pide plata “para el café”). Lo multan por mil a tres mil pesos.

Alguien dobla una esquina con semáforo rojo a alta velocidad. Hay un hombre cruzando. Lo atropella y mata. Será acusado de homicidio culposo y lo más probable es que le den una condena de 2 a 4 años y que no se haga efectiva.

Alguien dobla una esquina con semáforo rojo a alta velocidad. Hay una mujer embarazada cruzando. La atropella y mata. Será acusado de homicidio culposo, pero el caso tendrá un gran impacto mediático, con debates televisivos coloridos y el culpable seguramente tendrá una condena efectiva (a menos que sea una persona influyente). La condena social será prácticamente unánime.

En los cuatro casos la falta es la misma, pero la consecuencia será muy distinta tanto en lo judicial como en lo social. En cualquier caso, ¿tiene que estar preso? ¿Es un peligro para la sociedad como persona o como conductor? Otra vez volvemos al concepto de venganza: quien sufrió el daño sentirá que lo justo es que quien lo provocó sufra otro daño. Pero el merecimiento, por la intención, tal vez sea el mismo que el de cualquier conductor distraído o descuidado. Si todos aquellos que han cruzado un semáforo en rojo fueran acusados y recluídos por demostrar desinterés por la vida humana (que en cierto nivel evidentemente es real) habría poca gente en la calle.

La ley (la Justicia con mayúsculas) no castiga tanto intenciones como resultados, por eso se diferencia tanto de nuestro sentido de lo justo y lo injusto. Para nosotros lo justo tiene más que ver con conceptos de igualdad, mérito e intención. Y nuestra visión varía mucho si somos víctimas o si somos culpables.

El caso Cromañón es otro ejemplo de cómo juegan estas ideas. ¿Por qué se supone que vayan presos los músicos de Callejeros? ¿Son un peligro para la sociedad como individuos? ¿Lo son como músicos? En ese último caso más bien correspondería no permitirles seguir ejerciendo como tales. Si nos preguntamos qué es lo justo, lo único justo es que no hubiera sucedido lo que sucedió; nada de lo que se haga ahora lo puede compensar. Tal vez la intención de la Justicia sea ejemplificar. Probablemente las graves consecuencias del hecho impulsen a castigar con fuerza para evitar la sensación de impunidad. Pero para los familiares y amigos no hay reparación posible. Maximiliano Djerfy, el guitarrista del grupo, dijo “la venganza no es justicia”, en referencia a la demanda de penas más duras por parte de aquellos. Creo que la única justicia que se puede hacer ahora es evitar que se repita; eso tenemos que hacerlo todos como sociedad y para eso el ejemplo está en lo que sucedió y no en el castigo que se vaya a determinar.

La noción de justicia es bastante incierta, pero es una de las bases en las que se asienta nuestro sistema democrático republicano y es incuestionable por definición (lo justo y lo injusto lo dictan las propias leyes). ¿Será que la tenemos tan naturalizada que no la debatimos ni la cuestionamos? Nos merecemos ese debate. Es justo.

Los Ellos

diciembre 9, 2009

Llamamos teorías a aquelas postulaciones que suponemos ciertas, sea a partir de otras cosas que sabemos o como explicación de aquellas que no comprendemos. Muchas veces, a partir de algo que vemos, intentamos buscar (por prueba y error, deducción o simple suposición) las causas que no vemos. Esto, aunque menos metodológicamente que para la investigación científica, funciona también para nuestra apreciación de las situaciones cotidianas.

La rigurosidad científica en la observación de fenómenos y en su interpretación exige ser estricto en el aislamiento de los objetos de estudio, en tener en cuenta cualquier factor que “contamine” los resultados, en garantizar tanto como se pueda la consideración de los errores posibles… y, finalmente, cualquier teoría debe ser corroborada insistentemente, intentando refutarla.

El ciudadano, como investigador de su realidad, es mucho menos estricto en esas consideraciones, pero se permite tomar los resultados casi con la validez de una verdad comprobada. Así, se teoriza una inmensa variedad de causas para los problemas y circunstancias de la sociedad y, peligrosa e irresponsablemente, se proponen, piden o incluso exigen soluciones formuladas a partir de aquello que apenas es un supuesto. Y esto no es solo el accionar del “ciudadano común”, que, aunque indefendible, puede justificar parcialmente su error en lo subjetivas y tendenciosas que son sus fuentes de información (observación contaminada), sino que también, si no más aún, se observa ese comportamiento en “expertos”, estudiosos, periodistas, etc., ya sin la ignorancia como excusa. Es esa imprudencia en el análisis la que hace que nunca se llegue a las conclusiones necesarias.

Resulta particularmente interesante una tendencia común en muchas de estas teorizaciones, cuando se habla sin grabador. Cito algunos ejemplos para encontrarla: testigos que no pueden o quieren declarar “porque los matan”, políticos que no pueden tomar ciertas decisiones “porque no se los permiten”, personas honestas que no pueden hacer carrera política “porque no los dejan llegar” o equipos de fútbol que no pueden ganar campeonatos o, en contrapartida, que no pueden descender de categoría “porque no dejan que pase”. Todas esas excusas son de lo más usuales. No se escuchan en los medios, porque la “verdad” que en ellos se difunde siempre debe revestir un mínimo carácter de comprobable, pero un periodista bien puede pronunciarla en una charla de café. Todos usamos esas frases. Y en todas el sujeto tácito es el mismo: “Ellos”. Esos Ellos que, aunque no son la misma persona, siempre se referencian como algo similar, personificando la idea de los poderosos, más bien ricos, más bien corruptos, más bien criminales. Rara vez se asocian a algún nombre específico, sino más bien a esa vaga idea de gente tras las cortinas. Y lo más interesante de todo es que los Ellos no son delirios colectivos, sino que realmente existen. No son la misma persona, a veces no se sabe quiénes son y muchas veces, diría que la mayoría, los Ellos son los propios individuos de la sociedad que busca esos culpables invisibles.

Los Ellos son la parte de nuestra sociedad que no aceptamos, que no entendemos o ambas cosas. Son los ejecutores de lo que nosotros como sociedad generamos. Los excluímos como si no fueran parte de nuestra comunidad, pero son nuestros soldados, nuestros obreros o incluso nuestros alter egos. Cada vez que hacemos algo que atenta contra la justicia (la justicia real, no la legalidad), la libertad o la verdad, nos convertimos en uno de Ellos, o en sus cómplices. Evitarlo requiere ser muy conscientes de nuestra calidad de individuos libres, reconocer nuestras verdaderas responsabilidades, nuestros valores y nuestras reales necesidades. ELLOS están ahí porque NOSOTROS sustentamos su existencia, con nuestro egoísmo, avaricia y envidia. Ellos son causa y consecuencia inseparable de nuestro sistema de vida, como lo somos cada uno de nosotros. Cuando somos indiferentes ante una injusticia (como lo es toda nuestra realidad) nuestra pasividad es apoyo por omisión, y nada nos exonera de esa complicidad aunque no tenga consecuencias legales; las leyes no son más que reglamentaciones de convivencia desarrolladas a partir de las necesidades de los diferentes sectores de la comunidad, y está claro que la influencia no es igual en todos los casos. El resguardo que nos da la legalidad es lo que nos permite quitarnos la responsabilidad que nos corresponde por las miserias que vivimos.

Cuando digamos una de esas tantas cosas donde “Ellos” es el sujeto tácito, pensémosla también con el “Nosotros”, y evaluemos si acaso no somos uno más.

Tal vez por estar a la cabeza de lo que establecimos como “cadena alimenticia” y por ser el depredador mayor, incluso de nuestros propios recursos, sea que vinimos a dar con ésta realidad donde el hombre pierde su libertad e incluso su vida casi exclusivamente a manos de otros hombres.

La utopia del hombre libre del hombreEl panorama es tan sencillo que sorprende siempre que se piensa: el planeta, si acaso es necesario limitarse a él, provee suficiente espacio y recursos para todos los seres que lo habitamos, humanos o no; la tecnología trae comodidades a la vida diaria, comunicación prácticamente ilimitada y posibilidades de expansión (no confundir con invasión) hacia otros mundos y hacia otros lugares dentro de éste mundo.

Sin embargo, los seres humanos pelean entre sí por acaparar recursos y bienes materiales compitiendo dentro del marco que establece el sistema de leyes que administra sus vidas, cumpliendo las reglas establecidas en el mejor de los casos. Ese marco surge como necesidad para evitar los abusos, sea por hacer mucho o por hacer poco, y compensar las diferencias individuales para no caer en “la ley de la selva”. La existencia de esas regulaciones, desde esa problemática, es una solución más o menos buena. El problema reside en cómo se regula, porque al centrar el sistema de vida en el concepto de propiedad privada y de competencia se fomentan miserias peores. Los recursos tienen dueños que los dosifican en función de sus intereses. El trabajo no se reparte entre quienes lo podemos hacer, sino que nosotros nos repartimos las horas de trabajo que ofrece el mercado. Ese mercado que es la arena donde se da esa competencia que, según los teóricos del liberalismo, debería sacar lo mejor de cada uno de nosotros, y casi que termina consiguiendo lo opuesto. La economía, que se define como la administración de bienes escasos, intenta definir (¿simula hacerlo?) la distribución en función del esfuerzo, pero la mayoría del poder económico es herdado o mal obtenido. Lo que alguna vez se planteó como un mercado trabajando para el hombre, hoy es sin dudas el hombre (la gran mayoría) trabajando para el mercado (controlado por la minoría restante).

En definitiva, se regula la vida humana para controlar la avaricia, la envidia material, la explotación y otros vicios, todos generados por ese mismo sistema que pretende regularlos. Aceptamos jerarquías laborales, sentimos la dependencia económica para sostener nuestro nivel de vida y nos sabemos inferiores frente a la fuerza destructiva de las armas, y todo eso es difícilmente evitable. Pero lo que no podemos olvidar es que nadie tiene más poder sobre uno que uno mismo y que aceptar esas cosas no significa someterse, porque no sé si existe algo peor que vivir con miedo. Y esa firmeza surge de nuestra dignidad, pero ese es tema para otra ocasión.

El hombre libre es, fundamentalmente, libre del hombre. Quizás sea una utopía que todos seamos libres, pero quizás, sencillamente, no lo sea.

Otra oportunidad y vanPor distintas circunstancias que desembocan en este tiempo y lugar, las elecciones legislativas argentinas que se acercan se plantean como un plebiscito a la gestión actual. Es esa consigna la que acapara la atención en estas elecciones y, una vez más, desplaza y posterga el problema central del voto como herramienta desperdiciada de cambio y mejora. Las propuestas se reciclan y lo único que se disputa es el poder. El desinterés que esto genera nos lleva hoy a la situación en la que estamos y a las muy pocas perspectivas de mejoría que se avistan.

Chapa y pintura

Después de que el Comunismo se derrumbara por sus propias deficiencias, el modelo Capitalista, con rayas y estrellas, plasmó en estructuras políticas, sociales, económicas y jurídicas lo que la ambición humana, sin saber evitarlo, había adoptado ya como modo de vida y convivencia. Fue ese modelo el que, al verse ya sin competencia, fue mutando, “liberalizándose” y mostrando así su cara más fea. Los diversos colapsos lo han dado por agotado, y lo han obligado a disfrazarse un poco, ponerse un overol, dejarse la barba unos días y venir a este tiempo maquillado de sistema maduro, sabio, sobrio, aprendido de sus errores y, ahora sí, dispuesto a ayudar a los más necesitados. Pero antes…
La palabra “salvataje” fue la elegida. En una época tragicómica en la que el marketing mediático le pone mote a todo, cualquier circunstancia que pueda vender una tapa se gana un nombre pegadizo y se instala en el debate de los ciudadanos sin más conocimiento que el que les acercan los nunca imparciales medios masivos. “Salvataje” suena promisorio, si no fuera porque significa algo tan sencillo como la transferencia de fondos públicos a los grandes polos del poder privado, “salvando” a quien menos necesita ser salvado. Queda claro que este modelo, que se mostró acabado, que enterneció con su claudicación y su mea-culpa con los líderes de las mayores economías como voceros, viejo y astuto, solo estaba descansando para tomar nuevo impulso. Ahora lo vemos saliendo de boxes.

Sacudón a la modorra

Crisis del sistema; siempre que algo agita el avispero se encienden luces de esperanza. Leí una vez que tiempo atrás algunos piratas simulaban luces de faros en zonas de arrecifes para estrellar a los barcos y saquearlos. En la arena política, en momentos de convulsión, todos se juran faro. El ciudadano común aprovecha el revuelo para mostrar, incluso a su propio consciente, las broncas dormidas durante el corrosivo letargo de la “estabilidad”. No tiene grandes conocimientos técnicos del complejísimo sistema que regula su vida cotidiana, pero el índice bolsillo grita “¡crisis!” y entonces los compromisos asumidos, ya ni siquiera los sueños porque desaparecieron, exigen plegarse al reclamo de mejoras sociales y/o económicas. Como aquel que se obsesiona por tener pareja y ve el amor en cualquier persona que le diga más o menos lo que quiere escuchar, el electorado despechado busca el clavo que saque otro clavo, pero revolviendo siempre en la misma caja. Es como probar varias veces cada una de las llaves cuando uno tiene el llavero equivocado, convencido de que es el correcto, siempre pensando “debo haber probado mal”. La angustia pide cambios, pero nadie sabe bien qué quiere cambiar. Y peor aún, ¿hay opciones para hacerlo realmente?

Un desfile sin modelos

El oficialismo argentino aparece como de corte socialista, toma incluso algunas medidas que avalarían esa postura, pero con el paso del tiempo fue demostrando que sigue respondiendo a los mismos intereses, propios y ajenos, que sus predecesores en el poder. La competencia más fuerte y con mayores intenciones de voto opositor, irónicamente, pregona el modelo del que se quiso salir cuando se votó a la gestión actual. Los partidos socialistas muchas veces no sustentan sus propuestas, cuando las tienen, de alguna forma convincente y sus posibilidades se hunden en una cultura de elecciones donde la urgencia de reclamo hace que se elija con el “voto-castigo”, o se deje de elegir en pos del “voto útil”.

En definitiva, desfilan por los medios todo tipo de personajes, pero en su mayoría con la misma carencia de ideas. No por nada los debates desaparecieron de la escena… básicamente, entre los máximos candidatos no hay mucho que debatir.

Elección y selección

La verdadera elección no es la de los candidatos. La elección que tiene que hacer la ciudadanía es sobre los proyectos. Pero ni siquiera sobre los proyectos que se presentan, sino sobre todos los proyectos posibles. Elegir un modelo, un sistema de vida y de convivencia, una idea de lo que a cada uno le parezca mejor con la única premisa de buscar su felicidad sin impedir la de otros. Después, hecha la elección, hay que hacer la selección de candidatos y propuestas (entre TODAS las propuestas, no solo las que tienen espacios televisivos), buscando lo que más se ajuste a nuestra intención. ¿Y si no hay? El manual diría “postúlese usted”, pero mi respuesta sería más bien “mala suerte, busque otra idea o vote lo menos distinto”. Y si no tiene ganas de hacer esa investigación o no tiene el conocimiento básico del complejo aparato (“sistema”) en que se vive como para poder analizar la mejor opción, al menos busque algún candidato que le transmita la honestidad y capacidad suficientes para confiarle a él y a sus compañeros partidarios las decisiones.

El escollo mayor es luchar contra el propio desinterés. No hay mucha predisposición para investigar propuestas, ni tampoco para estudiar el “marco teórico”. Si lo pensamos, nuestra forma de asistir a las elecciones roza lo ridículo: se votan propuestas que no se entienden, o sin sustentos comprobables, las opciones no se toman de las boletas ni de las plataformas sino de los diarios y los televisores, y después se protesta contra las medidas que toman los funcionarios que la propia ciudadanía elige, cuando se podría prever. Mucha gente está dispuesta a entregar varias horas de sus días a cualquier empresa a cambio de un sueldo, pero no están dispuestos a trabajar unas pocas horas por año para tratar de mejorar su propio futuro. “El sistema” no oprime al pueblo, el pueblo se oprime al cercenar su poder de decisión solo por comodidad. En esta sociedad donde ser responsable significa terminar un trabajo a tiempo, las obligaciones civiles se evaden incluso en detrimento de las propias expectativas.

El voto es la decisión más importante en nuestra vida civil y nuestra incidencia más directa en lo que será nuestro propio futuro. Cada vez tenemos más necesidad de cambio. Y cada elección es otra oportunidad… y van…

Somos breves. Muy. “Nacen, crecen, se reproducen y mueren”… y algunos incluso no se reproducen. Otros, trágicamente, no llegan a crecer. Pero, sin dudas, todos los que nacen tarde o temprano mueren.

La insoportable brevedad del ser Está bastante claro que la idea de morir y desaparecer no le resulta agradable a nadie. Ahora no lo veo con la claridad con la que seguramente lo veré en algunas (espero que muchas) décadas, pero soy bien consciente de que ese final existe, y aunque no logro divisarlo, sé que me acerco, a ciegas pero sin errar el camino. En realidad asumo que todo el mundo sabe que vive una cuenta regresiva hacia ese desenlace, pero una buena parte de la humanidad no lo acepta como un final definitivo. La única opción es creer en alguna otra vida posterior a ésta. Las religiones invitan al festín de la “vida eterna” sobre una base de doctrinas heredadas y de documentación histórica incomprobable, o interpretada a gusto. El fiel, en su temor, compra la idea de eternización sin ningún fundamento solo para evitar tener que lidiar con el dilema de su propia existencia, su sentido y su límite. Las religiones ofrecen los “cómo”, los “por qué” y los “para qué”. ¿El precio? Bueno, vivir una vida cuya meta es la vida siguiente no parece dignificarla demasiado…
Hay que admitir que la idea de la vida terrenal como “prueba” para ver si la otra vida va a ser una eterna feclicidad o un eterno sufrimiento es una herramienta bastante útil para mantener a raya a los hombres. Pero tiene sus efectos colaterales. La vida terrenal se minimiza, se desprecia… Se puede morir jóven o anciano, y el “Paraíso” (por supuesto que la otra vida tiene que ser fantástica) estará esperando. Incluso se puede ser la peor de las personas, que un arrepentimiento a tiempo también puede habilitar el molinete de la entrada al Edén. La propia muerte incluso pierde su condición de “final” y la vida ajena se vuelve en cierto modo menos importante… después de todo, están de paso solamente. Y desde ya que matar o morir por el propio dios es un boleto a la gloria.
El hombre religioso ha podido encontrar en la “Fe” ciega y tautológica la razón para vivir, despojándose de las demás. Así, hoy para un creyente quizás suena a poco la vida de alguien que cree en su dignidad y su presencia, la felicidad del ser y estar, el regocijo de la música y otras formas de arte, y la necesidad de hacer el bien en el mundo, no para evitar la ira de una divinidad o comprar un palco en el show de la vida eterna, sino para darle valor a esta hermosa, divertida, primera y única vida que tiene.
Perderle el miedo a la muerte es darle el respeto que se merece a la vida, y el paso necesario para, como leí en algún lado, aprender a disfrutarla como un paseo y no como un viaje.

Somos breves. Muy. “Nacen, crecen, se reproducen y mueren”… y algunos incluso no se reproducen. Otros, trágicamente, no llegan a crecer. Pero sin dudas, todos los que nacen, tarde o temprano mueren. Todos los hombres aprenden eso de pequeños.

Está bastante claro que la idea de morir y desaparecer no le resulta agradable a nadie. Ahora no lo veo con la claridad con la que seguramente lo veré en algunas (espero que muchas) décadas, pero soy bien consciente de que ese final existe, y aunque no logro divisarlo, sé que me acerco, a ciegas pero sin errar el camino. En realidad asumo que todo el mundo sabe que vive una cuenta regresiva hacia ese desenlace, pero una buena parte de la humanidad no lo acepta como un final definitivo. La única opción es creer en alguna otra vida posterior a ésta. Las religiones invitan al festín de la “vida eterna” sobre una base de doctrinas heredadas y de documentación histórica incomprobable, o interpretada a gusto. El fiel, en su temor, compra la idea de eternización sin ningún fundamento solo para evitar tener que lidiar con el dilema de su propia existencia, su sentido y su límite. Las religiones ofrecen los “cómo”, los “por qué” y los “para qué”. ¿El precio? Bueno, vivir una vida cuya meta es la vida siguiente no parece dignificarla demasiado…

Hay que admitir que la idea de la vida terrenal como “prueba” para ver si la otra vida va a ser una eterna feclicidad o un eterno sufrimiento es una herramienta bastante útil para mantener a raya a los hombres. Pero tiene sus efectos colaterales. La vida terrenal se minimiza, se desprecia… Se puede morir jóven o anciano, y el “Paraíso” (por supuesto que la otra vida tiene que ser fantástica) estará esperando. Incluso se puede ser la peor de las personas, que un arrepentimiento a tiempo también puede habilitar el molinete de la entrada al Edén. La propia muerte incluso pierde su condición de “final” y la vida ajena se vuelve en cierto modo menos importante… después de todo, están de paso solamente. Y desde ya que matar o morir por el propio dios es un boleto a la gloria.

El hombre religioso ha podido encontrar en la “Fe” ciega y tautológica la razón para vivir, despojándose de las demás. Así, hoy para un creyente quizás suena a poco la vida de alguien que cree en su dignidad y su presencia, la felicidad del ser y estar, el regocijo de la música y otras formas de arte, y la necesidad de hacer el bien en el mundo, no para evitar la ira de una divinidad o comprar un palco en el show de la vida eterna, sino para darle valor a esta hermosa, divertida, primera y única vida que tiene.

Perderle el miedo a la muerte es darle el respeto que se merece a la vida, y el paso necesario para, como leí en algún lado, aprender a disfrutarla como un paseo y no como un viaje.

La Historia como disciplina es, más o menos, el estudio de los hechos del pasado (algún profesor mío agregaría “su análisis y la interpretación de sus consecuencias en el mundo actual” y estaría bien, pero no me simplifica el ensayo). Pero esa arqueología de sucesos se ve deformada de distintos modos, y así los hechos del pasado, adulterados al son de idealistas, héroes y proezas, devienen en “cultura popular”.

La Buena Vida SRLAnte todo, quiero marcar un hito que considero fundamental en lo que sigue. La historia tiene muchos quiebres, momentos que sacudieron el escenario. La aparición de las tecnologías de grabación (de sonido e imagen) marca, a mi gusto, uno de esos hitos. Si bien todos sabemos que la difusión y utilización de esos registros por parte de los “medios de comunicación” (que bien ganadas tienen las comillas) no es muy confiable y que la independencia de esos medios no es tal, al menos nos acercan, con la correcta lectura de la información, datos verídicos sobre la realidad (no así los análisis y opinologías que usualmente nos proponen). Esa bitácora divide, en mi modo de ver, la historia “inferida” de la historia “registrada”. Incluso cuando hay documentos antiquísimos, son lo suficientemente parciales para darle muy poca validez a los juicios que pudieran hacer. De hecho, por ejemplo, hay millones de personas que creen que hace como dos mil años un hombre resucitó de su muerte por los registros escritos de un par de autoproclamados testigos oculares. Para el análisis de hechos geográficos, climáticos o biológicos esa subjetividad no sería tanto un problema, pero para la determinación de variables humanas esa parcialidad es completamente invalidante.

Todos los países que existen desde antes que existiera la televisión y demás medios tienen héroes, próceres, personalidades intachables que forjaron (esa palabra me gusta mucho) naciones flameando banderas en defensa de sus ideales, o algo así. Un breve recorrido por la historia post-TV nos hace caer en cuenta rápidamente de que esos personajes seguramente no serían menos cuestionables que aquellos que tienen el poder en el mundo hoy día. Sin embargo se defiende esa imagen pura de los padres fundadores, de los libertadores, de los luchadores de causas justas, porque se entiende que eso ayuda a reforzar un sentimiento de pertenencia y alimentar una esperanza de futuro conjunto. Aceptemos que es así (aunque sería mejor conocer realmente a esos personajes para que no resultara tan incomprensible la actualidad) porque lo que me interesa rescatar no es la ignorancia popular en cuanto a la historia fundacional de nuestros países actuales, sino el criterio divergente que existe entre esa memoria hacia los próceres y la desmemoria hacia los hechos. ¿Acaso aquellos hombres sí eran antepasados pero quienes hicieron atrocidades antes, durante y después no?

Los países actuales reivindican a los hombres (rara vez alguna mujer) que gestaron su nación (normalmente a base de guerras, genocidios y otras salvajadas) y los muestran como estandartes de los ideales, como meta de la persona que todos deberían aspirar a ser. Sin embargo, los hechos del pasado se olvidan, se apartan, se barren debajo de la alfombra. Y ese olvido se puede ejecutar sin demasiado esfuerzo porque el hombre tiene una tendencia natural a hacerlo. ¿Acaso el recambio generacional exime a un país de sus culpas y responsabilidades históricas? Es decir, ¿la Alemania actual tiene responsabilidades sobre el genocidio Nazi? ¿los EE.UU. actualmente tienen que responder por las guerras de VietNam o Corea? La historia la escriben los que ganan, y los derrotados se abandonan a su suerte y, pasado un tiempo prudencial, se los culpa de sus males y se los mira con lástima. Y si acaso es negocio, se los utiliza de algún modo a conveniencia.

Miremos hacia el continente africano. Hace décadas su población vive sumida en guerras civiles, guerras de guerrillas, crímenes, hambre, enfermedades y pobreza. ¿Acaso el mundo no le debe a África una disculpa? ¿La misma Europa que la colonizó y la hundió no debería tenderle la mano ahora para sacarla de ese pozo? Quizás sea un continente condenado por ser cuna del hombre negro, tan castigado por el terco, débil, envidioso y mal adaptado hombre blanco… irónica la historia como siempre, se cree que la raza humana misma apareció en África hace cientos de miles de años.

Imaginemos por ejemplo a los gobiernos de Francia, Inglaterra, Holanda o Bélgica, grandes responsables del desastre actual en ese continente, discutiendo una reivindicación histórica… seguramente en el mejor de los casos se hablaría de algún tipo de “ayuda”; un vuelto que se les envíe, cascos azules, alguna intervención médica, pero es una utopía pensar en que tomaran cualquier tipo de acción que realmente intentara compensar y mejorar su nivel de vida. Pensar que hasta hace menos de 20 años, cuando Intel lanzaba el modelo 386, todavía regía el Apartheid en Sudáfrica…

Ahora, ¿dónde está el límite de la crítica a la propia historia? Nosotros, por ejemplo, somos descendientes de los colonizadores a quienes criticamos por invadir estas tierras… ¿eso significa entonces que nosotros mismos deberíamos compensar a los aborígenes por lo que nuestros ancestros les hicieron a sus tierras, poblaciones y recursos? Supongo que no. Y el límite lo pongo en la continuidad de un pensamiento, una cultura, una forma de manejarse… y por un límite de tiempo, claro. Nada tenemos que ver nosotros con los colonizadores españoles. Poco tiene que ver la Alemania actual con el Tercer Reich, aunque apenas hayan pasado 60 años. Mucho tiene que ver el EE.UU. imperialista de antes con el de hoy día, la Holanda de 1980 con la actual, la Inglaterra de la dama de hierro con la que conocemos ahora… Que “el mundo” (el que va entre comillas, el de los desabridos, dependientes y cobardes periódicos taquilleros) los exonere de culpas es comprensible, porque ellos están en la mesa de su directorio. Pero es responsabilidad nuestra, de las personas que queriendo y sin quererlo formamos y sostenemos la cultura y el (in)consciente colectivo, no dejar pasar esta realidad.

Los pueblos “primermundistas” viven a sus anchas gracias a las posibilidades de desarrollo que les dio la explotación abusiva de los países hoy sumidos en el indesarrollo (eso de “subdesarrollo” ya es exagerado), y sus ciudadanos conocen esa historia pero eligen ignorarla por comodidad, la misma comodidad que hace que nosotros ignoremos a quien mendiga en la calle cuando nuestra propia vida y actividades son las que empujan a muchas personas a esa situación. Lamentablemente estos últimos no saben que nosotros tenemos la culpa y no nos reclaman nada, pero sin quererlo nos lo hacen sentir al mirarnos. Nosotros no hicimos nada puntual para perjudicarlos, pero avalamos y alimentamos el sistema que lo hace. Esa misma vergüenza deberían sentir los ciudadanos del mundo que disfrutan gracias a la miseria de otros. Que la culpa los golpee, y quizás se den cuenta de que los países pobres, al igual que los mendigos, lo que realmente necesitan no es una limosna, sino la oportunidad de desarrollarse. Eso es cambiar competencia por cooperación.

Nuestra Responsabilidad Limitada nos desmembra como sociedad, nos hace perder la identidad, mucho más allá de conceptos no tan felices como la “patria”, sino más bien en el terreno de la especie humana. Somos esa Sociedad de Responsabilidad Limitada que, cada vez más y más, se convierte en una Sociedad Anónima…

La Era de la Farsa

abril 13, 2009

La Era de la Farsa“Era” es un término bastante relativo. Se define, más o menos, como un período extenso de tiempo con características generales diferentes a las de los tiempos anteriores y posteriores. La propia definición empuja a repensar y recalcular esa categorización a medida que el tiempo transcurre y la masa de historia para analizar aumenta. Por eso, el paso de los años, las décadas, los siglos y los milenios irá obligando a fusionar esas épocas de las que hablamos hoy en día agrupándolas bajo algún denominador común más general, para formar nuevas “épocas” o “eras”. Fraccionar en demasiadas partes no resulta práctico para el análisis histórico y, a medida que el punto de vista se aleja más de la línea de tiempo, los cambios tienen que ser más notorios para que sean considerables.
Pensando esto me preguntaba qué era estaríamos viviendo nosotros actualmente cuando los libros, si acaso siguen existiendo, nos intenten mencionar dentro de varios milenios. No estoy muy ducho en historia para poder poner un número preciso, así que no voy a intentar establecer cuántos milenios atrás comenzó ésta era de la que hablo, solo me limitaré a describirla.
Vivimos en repúblicas democráticas con funcionarios cuyas campañas son financiadas por empresarios privados, donde las manifestaciones del pueblo tienen más extras que las películas de guerra, los discrusos no los escribe quien los pronuncia, las votaciones se llenan de fraudes y la ciudadanía ni siquiera consulta el proyecto de gobierno de cada candidato. Vivimos en un mundo de religiones, creencias que intentan dar una respuesta a las preguntas del hombre sobre su origen y su razón de existir, doctrinas axiomáticas que se mantienen en una dimensión diferente en la que el creyente no utiliza su pensamiento crítico y se limita a acatar sin entender aquella incoherencia general inherente a las religiones, salvada por el comodín elemental: “el misterio de la Fe”. Vivimos en sociedades hipócritas, donde los individuos culpan a sus gobiernos y al “sistema”, pero no admiten su propio rol y culpa. Vivimos mintiéndonos a nosotros mismos y a los demás, y dejando que nos mientan, evitando confrontar nuestras propias responsabilidades y nuestros propios instintos.
Todo eso es un denominador común en lo no tanto que conozco de historia del hombre, y creo que viene sucediendo gradualmente en, al menos, los últimos dos milenios. Me debo el conocer la historia anterior, pero a fines de lo que me interesa en este caso, tampoco es importante. Esa característica común de la que hablaba es, como titulé este artículo, la Farsa. Así, con mayúsculas. Este, nuestro tiempo, la Era de la Farsa. Y no me refiero a alguna construcción paranoico-complotista al estilo “Matrix”, sino a algo muy humano y visible. Se acepta el engaño por comodidad, pero nos obliga a vivir incómodos bien adentro. Se vive como quien vive al pie del volcán, pretendiendo que no está pero sin poder dejar de sentir su presencia de alguna forma.
La Farsa encubre el egoísmo que el hombre no quiere admitir y el miedo que la gran mayoría no quiere enfrentar. Cuando superemos esta etapa hacia alguna existencia más sincera, nosotros, en éstos días, pareceremos realmente primitivos.

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